ARTEZ con LA GENTE

Artezblai Noviembre-Diciembre 2014

Desde la caverna – David Ladra – ARTEZ – Revista de las Artes Escénicas nº 201

La gente no debe hablar en el teatro

Aleccionado por Amador González, de la Cuarta Pared, por donde ya pasó en junio de hace un año, veo ahora La gente, del grupo valenciano Pérez&Disla, en la Mirador de Doctor Fourquet. Bueno, más que “verla”, allí estoy, sentado en una de las sillas que hacen círculo, para participar, por lo que algunos dicen, en una asamblea o una junta –no se sabe muy bien– a la que hemos sido convocados para tratar asuntos importantes y tomar decisiones que, de cuajar en un futuro próximo, serán cruciales para los asistentes. Algún problema ha habido con la convocatoria, murmuran otros, porque entre los concurrentes al encuentro de hoy faltan varios colegas de los que suelen venir siempre. Sobre la confusión se alzan las voces de los dos compañeros que dirigen el cónclave: un adulto con gafas a quien nadie hace caso, tal vez por su apariencia de teórico orgánico, y una mujer más joven que atufa a militante y es quien lidera la reunión. Al final, consiguen entre ambos encauzar el cotarro y empiezan a leer –ardua tarea– el acta del encuentro anterior…

Del contenido, significado y originalidad de La gente en el momento de crisis actual ya nos habló a Manuel Sesma en su crítica de artezblai.com (ver en la sección de Opinión con fecha 10 de junio de 2013). A su totalidad les remito. Si insisto hoy en el tema no es para repetir un análisis ya impecablemente realizado sino para intentar transmitirles –y explicarme a mí mismo– lo que “sentí” a lo largo de toda la función, mi sensación de irse diluyendo poco a poco mi conciencia para confundirse con la de mis compañeros de corro y las ganas que tuve –finalmente frustradas– de intervenir en el debate.

Finalista en la categoría de Mejor Autoría Revelación en los últimos Premios Max y premio al Espectáculo más Innovador y Original en el Festival de Teatro y Artes de Calle (TAC) de Valladolid también este año, La gente, exclusivamente contemplada como un dispositivo teatral más, sería un destacado sainete costumbrista a la manera de don Carlos Arniches o los Quintero, puro “género chico” en el sentido de que sus personajes se expresan, psicológica y lingüísticamente, con una propiedad inmisericorde que da fe de su autenticidad. Parece mentira hasta qué extremo ha llegado el autor del texto, Juli Disla, a la hora de retratar con una precisión milimétrica la manera de hablar, sentir y razonar de nuestra juventud actual, esa mezcla de pasotismo e inteligencia emocional que le permite resistir a pie firme la inclemencia de los tiempos presentes y la desfachatez de sus mayores. Si a esa calidad de lo escrito se añade el ingenio y talento de la puesta en escena de Jaume Pérez, en sí muy enrevesada a pesar de su aparente sencillez, se obtiene un espectáculo que ya por sus virtudes estrictamente escénicas no tarda en atraerse el reconocimiento del público.

Pero el montaje cobra su verdadera dimensión cuando se enmarca en ese anhelo de participación que exige la sociedad de nuestra época, cansada de unos representantes que, cuando no la engañan o se mofan de ella, la decepcionan de continuo. Allí, en medio de la sala Mirador, como un participante más en la reunión y pasada la sorpresa inicial, el espectador pronto comprende la naturaleza del juego: a pesar de su espontaneidad, esa chica que habla junto a él tomándose su intervención tan a pecho, por muy bien que lo finja –y lo finge muy bien– es sin duda una actriz interpretando su papel (la misma que, más tarde, compartirá sus magdalenas con nosotros). Y ese otro muchacho que se ha equivocado de sala pero que, acalorado por el fragor de la disputa, propone que se inicie una huelga de hambre de inmediato, también es un actor. La presencia de estos intérpretes entreverados con la audiencia crea un clima de convivialidad, y estamos tan juntos y parejos los unos de los otros que, en ciertas ocasiones, nos apetecería intervenir como uno más de ellos. Lo hacemos cuando la lideresa nos pide tomar parte en una votación, pero una cosa es levantar el brazo y otra muy diferente ponerse de pie y lanzar una arenga. Máxime cuando no sabríamos muy bien lo que decir en cuanto, sagazmente, Pérez&Disla han llevado su obra al terreno de la abstracción más pura, inmersa como está en todo un embrollo burocrático que corta de raíz cualquier deseo de emancipación.

Pero es tal el convencimiento con el que discuten los actores y la sensación de libertad tan plena que incluso estaríamos dispuestos a estudiar si ese concierto que hay que rubricar por narices debería elevarse a la secretaría provincial, al grupo paritario o al comité central. Hasta ese grado de enajenación seríamos capaces de llegar con tal de integrarnos en el grupo. Aunque no ocurriera en mi función, me dicen que es frecuente que un espontáneo se tire al ruedo y quiera intervenir pero que, en este caso, el grupo lo tiene todo preparado para devolverle mansamente al redil y continuar la faena. O sea que hay un límite, que las cosas son como son y que aquel afán de participación que nos impulsaba a tomar la palabra y cooperar con los demás era tan sólo una ilusión, una Quimera imaginaria que muda el fuego fascinante de sus fauces por melancolía y frustración.

El propio arte escénico es, por naturaleza, reticente a que el espectador participe directamente. Benevolente, la tragedia griega le abre un espacio en el edificio teatral para que el Coro actúe como portavoz suyo y pueda dirigirse a los protagonistas. El teatro clásico acaba con dicha configuración arquitectónica y limita la representación de la audiencia a los bufones, graciosos o villanos que con su grotesca presencia en el tablado dan fe de su existencia en el corral. Con el concepto de la cuarta pared, el drama moderno pretende cancelar cualquier intento de conexión física entre el escenario y la sala. Rompiendo esta tendencia al aislamiento, la historia del teatro contemporáneo es una larga lucha por recuperar al espectador y establecer una relación directa con él poniendo en juego toda clase de elementos formales: la arquitectura y disposición del local, el dispositivo escénico, la forma de actuar de los intérpretes, la puesta en escena… todo pensado para que el respetable pueda participar en el montaje. Hasta algunos se atreven a subirlo a la escena… pero mudo. Todos se detienen en el momento justo de dar un paso más y precipitarse en el abismo. Al teatro le va la vida en ello. Porque, de hacerlo así, allí abajo, en el fondo, lo único que le espera es el reality show.

ARTEZ – Revista de las Artes Escénicas nº 201

www. a r t e z b l a i . c o m

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: